ROBAR EL ALMA.

Hoy, recordando a mi abuelo, me puse a pensar en su ascendencia “yaqui”. Mi abuelo no es un yaqui de los que describe John Kenneth Turner en “México Bárbaro”, aquellos serreños de casi dos metros que se quitaban la vida antes de ser esclavizados. Pero su piel morena y sus historias sobre la casa con paredes de carrizo,  y  la cocina de horcones de mezquite donde la bisabuela calentaba las tortillas lo delataban.
Una historia que tiene mi padre cuando conoció a los yaquis, fue que llevó una cámara fotográfica para quedarse con algún recuerdo del lugar. Uno de los locales le advirtió que si la seguía utilizando, se la quitarían para destruirla. 
Cuando las cámaras se inventaron, había personas que tenían temor que les “robaría el alma” y en la foto se iría un poco de ellos para dejarlos con menos de sí mismos. La ironía es que bajo aquella suposición tal vez “ignorante” desde un punto de vista lógico, existe una filosofía profunda y con mucho sentido. He pasado horas en algún café observando personas tomándose selfies, o fotografiando la copa de vino, la comida, el lugar, etc. Para compartirla con sus amigos. Compartir mesa con una persona que pasa la mayoría del tiempo en su celular, es como estar con la antítesis de un fantasma. Tienes el físico, pero no está contigo, su alma fue robada por los likes, y los corazones de followers virtuales. 
No sé si los yaquis tenían el poder de la clarividencia, pero sabían que cada fotografía se llevaba un momento que tenía que ser vivido y no intentar encerrarlo para siempre en un instrumento yori. La vida les había enseñado que compartir, sentir y vivir, no rimaba con fotografiar.